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Ya estas abajo, has montado la cuerda desde arriba clavando un spitz y dejando un mosquetón y plaqueta. Estás en una galería medianamente grande, observas a tu alrededor y ves una colada húmeda, varias estalactitas y un pequeño recoveco por donde continua la sima, una gatera estrechísima, un paso terrible, una apertura inimaginablemente pequeña, y lo peor es que la forman unos cuantos bloques de piedra, sería un riesgo extremo el atravesar esa gatera, en cualquier momento podría derrumbarse el paso y aplastarte en un instante, eso es lo que pensarías, pero eres un espeleólogo, y te dispones a continuar.
Te tumbas, y comienzas a arrastrarte, coges tus aparatos y demás equipo y lo pones delante de tus ojos para facilitar la labor, es un paso muy frío, una corriente de aire la inunda de miedo, estremeciendo esos bloques en cada instante, el más mínimo movimiento brusco y toda una vida al otro barrio, ya vas por la mitad, te queda un pequeño salto, arrastrarte un metro más y todo habrá salido bien. Pero te atrancas de repente y te cuesta trabajo seguir, la espalda y el pecho bloqueados, las manos van por delante y no pueden hacer nada más que apuntacarse en dos piedras del final de la gatera para impulsarse, vas palpando con los pies algún apoyo, y lo encuentras, pones tu pie izquierdo en oposición, las manos bien agarradas, y…
¡Ha sucedido!, lo peor ha sucedido, esa piedra hacía como de base de las demás, al apoyarse ha cedido y se ha llevado a las demás con ella, todos los bloques caen, por suerte han caído como uno apoyado sobre otro y así sucesivamente, tu cuerpo está más que nunca bloqueado, tu reacción es inminente, te darían ganas de empezar a llorar, a gritarle a Dios súplica, a mostrar arrepentimiento sobre toda tu vida, una desesperación aterradora, un miedo espeluznante recorriendo cada arteria de tu cuerpo, de cintura para abajo bloqueado, solo puedes tocarte la rodilla derecha con el brazo porque las piedras han formado como una casetita ahí. Todo un día de sufrimiento, toda una vida de cuevas, todas las ilusiones destrozadas por una sima, por una fractura estrecha, por una piedra. Toda tu vida se desmorona en segundos, el dolor es cada vez más fuerte, los bloques cada vez aprietan más, es un momento desesperante.
No hay que perder la calma en un momento así, siempre hay alguna solución por remota que sea, hay que pensar de lo que se dispone y hacer algo rápido. De repente delante de tu cara cae una roca y obstruye la salida de la gatera, es urgente pensar algo y cuanto antes. Se te ocurre sacar maza y buril, y levantas la piedra de la salida y pones debajo de ella el martillo y el burilador, sujetando a ese maldito bloque de caliza. Bien, ya hay algo hecho, te alivias un poco pero el dolor no va a cesar, hay que seguir. Al tener todo el equipo prácticamente en las manos, sería fácil sacar cualquier objeto del que dispusiésemos, sacamos la navaja, y cogemos un mosquetón de aluminio, lo rasgamos y obtenemos esa pintura, vaciamos el bote estanco de todo lo que tenía, extraemos la botella de agua que había sido mezclada con los restos del refresco de limón de la comida, y la vaciamos en el bote estanco, cogemos el alcohol, que suele ir para limpiar las lentes del medidor láser y de la cámara, y también lo vaciamos en el bote, comienza a reaccionar provocando una especie de espuma, echamos los restos rasgados de aluminio, y ya casi está nuestra típica bomba de cuando somos niños, falta algo, esa explosión no sería suficiente como para levantar los bloques, cogemos el carburo que teníamos de repuesto y lo depositamos en nuestro mejunje del bote. La idea es que cuando movamos la reacción líquida con el aluminio pasará algo parecido a lo que sucede con el ácido clorhídrico y el papel plata, reventará, el carburo mientras estará reaccionando y produciendo ese gas, el acetileno, cuando el aluminio reaccione, hará una especie de explosión, como si fuera la chispa del piezo de nuestro casco, pero a gran escala, eso causará una explosión mayor con todo el acetileno acumulado, la cual nos permitirá durante unos instantes, apoyarnos en esas piedras de enfrente e impulsarnos para salir de la gatera, a la vez que la piedra que se había obstruido queda sujetada por el burilador y la maceta.
Colocamos el bote estanco, ya cerrado con todo dentro, sobre esa pequeña casita que se había formado por nuestra rodilla derecha, solo falta agitarlo y esperar el momento más oportuno. Una vez agitado se oye esa espuma reaccionando y de un momento a otro saltará todo, mientras piensas en tu familia, en tus amigos, en el perro de la esquina, en el panadero, y en Jesucristo, rezas para que salga todo bien, comienza la piel a expulsar un sudor frío, el de la muerte, los bloques haciendo presión, la respiración cortada, cada latido es eterno, cada décima de segundo interminable, la vista empieza a fallar y un mareo susceptible se presenta en nuestra visión, son unos segundos interminables, te replanteas todo cuanto sabes, y escuchas ligeramente un ¡BOOOM!, un instante que hay para reaccionar, un instante que en caso de perderlo no volvería a ver la ni luz del casco, por eso había que aprovechar la situación, el momento, el segundo, el instante; en el momento de la explosión total los bloques se levantan los centímetros suficientes como para impulsarte con las manos y arrastrar todo cuanto tienes delante.
Ya estás al otro lado de la gatera, y todo a quedado derrumbado, ¡menuda proeza y nadie la ha visto!, te pones de pie, todo el equipo tirado en el suelo, y te quedas mirando el lugar por el que habías venido, bloqueado por un montón de bloques imposibles de mover con una sola persona, es un momento de reflexión importante, no hay nada ni nadie que te pueda hablar, un polvo tremendo inunda la galería, y además has perdido el buril, la maza, las reservas de carburo, un bote estanco y el agua que te quedaba, ya no tienes nada para comer. Sólo dispones del cordino blanco, del petate, de un bote estanco estrecho, de la cámara digital, del medidor láser, de cinco mosquetones, de unos cuantos spitzs, plaquetas, de la llave plana, de la navaja, de la saca de topografía, de cuatro pilas más para el casco y del equipo personal, arnés y compañía. Parece mucho, pero no es nada en comparación con la botella de agua, todas las esperanzas se marchan y el único camino es continuar hasta que la sima acabe. La soledad, la oscuridad, el miedo, el dolor, el hambre, el frío, el cansancio y tu conciencia son tus únicos compañeros en esta expedición. |
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