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Menos mal que estoy ya en una vía seca, así pensarías al atravesar un meandro tremendamente seco de gran longitud. El hambre está arrullando de nuevo, el estómago está flaqueando, ya ni si quiera te quedan reservas orgánicas ni para producir el tiriteo. Vaya un desastre total. Hay que descansar cuanto antes.
Atraviesas unas medianas galerías en busca de un asentamiento estable, te paras y ves a una arañita peleando con un pseudo escorpión, ¡que batalla!, vamos a verla, observas como la araña envuelve al pseudo con su tela, el pseudo la corta con las tenazas, y llegas tú a intervenir y matas a los dos de un pisotón, en ese instante aparece la típica frase: “te ha castigado el señor”. ¡¡¡Ufff!!!, que dolor, es insoportable, una piedra se ha desprendido del techo y caído justo en mi mano izquierda, vaya una mierda de sima, el dolor es inaudito, el malestar del brazo es inusitado, un extravagante sufrimiento inunda la irá de tu emoción, las lágrimas caen como las gotas de lluvia, los dientes se aprietan como las tuercas de un submarino, la sangre vierte al suelo, la piedra ha perforado el brazo, el padecimiento que custodias se desmorona en apenas décimas de segundo. Hay que cerrar la herida.
Cuando dos hermanos se separan, el malestar es tremendo, un océano intensamente largo se forma entre sus dos mundos, un sin fin de objetivos que cumplir para volverse a reunir, una vida por delante para un reencuentro emocional, un estado en el que no se puede vivir por la agonía de la separación, la soledad de uno respecto del otro, el desvanecimiento de todas las aventuras vividas juntos. Cuando dos hermanos se separan sufren mucho. ¡Y que te lo digan a ti!, se te han separado tus dos hermanos más precisos de tu cuerpo, el cúbito y el radio, los dos huesos del antebrazo, menudo lamento, parecen gritar de forma continua, la roca desprendida te ha machacado el antebrazo, y te lo ha perforado, además te ha roto dos huesos. El brazo se va vaciando de sangre, el mareo penetra en tu cabeza, el cuerpo empieza a desplomarse, hay que pararlo como sea.
Rápidamente coges el cordino del que disponías, te quitas el mono interior que es fácil de manejar y en muchas ocasiones retiene los fluidos. Te enrollas el mono de codo para arriba, así el cordino no se hincará tanto como si estuviera solo. Posteriormente atamos fuertemente alrededor del codo el cordino, apretando más que nunca, soportando la temeridad de que el brazo lo pudiésemos perder, la sangre empieza a fluctuar, el color negruzco que salía a borbotones oscila levemente hasta enrojecerse, parece que la herida ha cesado un poco, pero el brazo está prácticamente destrozado, inservible y sin ninguna posibilidad de recuperación.
El temor crece en tu alma apiadándose de las últimas gotas de esperanza, el brazo queda colgando mientras tú estás tendido en un pequeño resorte, la sangre desciende lentamente por la muñeca, alcanzando el dedo anular, y chorrea ligeramente, gota a gota, segundo a segundo, cada gota es una parte de tu triste y desesperante vida, una sangre derramada que nunca más fluirá entre sus complejos canales orgánicos, sangre de un espeleólogo, sangre pura, una pureza que simboliza el respeto a Gaia, una sangre que afianza el destino más trágico de una existencia desolada. |
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