diariodeunespeleólogo

una sección de SpëLâîoN DârKnësS

 
cap.6

¿Comer o ser Comido?

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El torniquete parece haber funcionado, a pesar de la gravedad de la herida. Tú te sientes muy mal, la sangre perdida será difícil de recuperar, y más si sigues perdiendo, el hambre produce un malestar general que te impide moverte, el dolor estomacal supera todas las barreras inimaginables, se empieza a devorar él solo, las ganas de levantarte y continuar cesan continuamente, ¿para qué seguir?, es una tontería, cada vez va a peor, lo mejor es quedarse aquí y consumirse hasta el fin.

Te replanteas la cuestión, tu mirada se queda perdida mientras tú estás tumbado, el brazo gotea, el hambre es existencial, el cansancio se apiada del cuerpo, y ves otra pelea como la que te causó la herida. Entonces piensas que en vez de matarlos otra vez a los dos bichitos, habría que comérselos, o comemos algo, o la sima nos devorará a nosotros tarde o temprano, dicen que aquél que consigue mantenerse en pie durante la vida tiene derecho a una recompensa que no es más que la satisfacción de uno mismo, porque los demás no te reconocen tus hazañas, solo piensan en ellos y en lo que la gente hace por ellos. Cuando un científico desarrolla una cura, la sociedad mundial no le recompensa, ella sólo busca la cuera y punto, lo único que consigue es salir en unos cuantos libros y lo más importante, conseguir lo que él ha querido. Por esta razón, si no te mantienes en pie, no hay recompensa, aunque el mantenerse sólo desemboque en animarse uno mismo.

Está crujiente, el pseudo está crujiente, la araña sabe a bilis, y los colémbolos no tienen mucho sabor, aunque claro, después de aplastarlos que jugo les va a quedar. Cada bicho que te echas a la garganta expira una ventisca amarga que te produce unas arcadas temerarias. Cuando alguien se encuentra mucho tiempo sin comer y luego mastica algo, el hambre no hace mas que chillar más, más molestoso y menos agradable. Eso mismo es lo que te ha pasado, por lo menos te echas algo a la boca. Ahora coges una piedra, y en ella vas colocando todos los bichitos que te encuentras a tu paso, hay que decir que apenas llegan al centímetro de largo, por ello, hay que aplastar muchos. Junto con los animalitos machacados, echamos la sangre que gotea de nuestro antebrazo, y como la piedra hace una pequeña curva de cuchara, el “recipiente” se va llenando. Una vez realizado el experimento, nos disponemos a introducir la piedra en nuestra boca y chupar con todo el asco del mundo.

¡Que asquerosidad!, el sabor es tan repugnante que las arcadas inducen a producir la bilis que llega hasta la gargantilla, sigues tragando, la degustación del potingue es una inmundicia, los bichitos se atrancan entre la lengua, lo que deja un aroma poco embriagador, , tú los apartas rápidamente, la sangre produce un escozor en la nuez que parece desintegrarse del asco, las alimañas van frenándose poco a poco en la garganta, te cuesta tragar, te produce toser, y una vez todo tragado, el sabor que se queda en la boca es como cuando mascas la goma llena de suciedad de toda una vida de la carburera.

Pues este procedimiento hay que repetirlo unas cuantas veces, hecho una vez, no me importaría hacerlo de nuevo… ¿o sí? Que más da, si ya no hay nada que se pueda resolver, no existe ningún motivo que complique la situación.

Mejor consumir que ser tragado por una sórdida sima.
 
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