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¿Cuánto llevaré andando? Parece que el camino va siendo largo, numerosas galerías dejas a tu paso, un paso que no se cansa, una vez “nutrido” y algo descansado las posibilidades de morir decaen, pero alimentarse así sería imposible, además que sigas avanzando no quiere decir que estés cada vez más cerca de la salida, ¿verdad?
Puede que lleves unas tres horas sobrepasando galerías, bifurcaciones, algún que otro estrecho, meandros de diferentes magnitudes, etc. Parece que andar tanto cansa, y más si vas con los aparatos de espeleo encima, con un torniquete en el brazo que lo mismo sangra que se queda impasible y con un hambre de bichos, quiero decir, de perros.
Conforme avanzas tu visión eléctrica está cerca de acabarse, tú sabes de sobra que no hay que gastar ese repuesto de cuatro pilas hasta que esas no se acaben totalmente, pero hay la suficiente luz como para ver un resplandor cristalino que refleja esa luz, cierto, es un lago, ¿otro?, pues vaya, cualquiera se mojaría otra vez. Lo que no sabes es si continuará o será un lago terminal, toda la sima dependerá de cómo sea ese lago, tuerces y…menos mal, el lago continua.
Tras meterte en el escalofriante agua y andar hasta cubrirte, el frío se apodera del brazo destrozado, sabes que no puede mojarse, pero nadar con un solo brazo es… ¿difícil? Pues sí, lo es, así que cuanto menos tiempo pases en el agua, menos sufrirá la herida, y por tanto, más posibilidades de sobrevivir.
Estás nadando bastante, es un lago de dimensiones catastróficas, escandalosas, el lago está desarrollado en una galería muy grande. Tras un largo tiempo nadando, los huesos empiezan a fluctuar y los músculos no responden como antes, el cuerpo empieza a pedir calor, la sensación de aquél día del comienzo fue tan desagradable que no volvería a pasar por ella. Por lo tanto es urgente salir cuanto antes, sabes que no resistirías otro ataque de frío.
Una vez asimilado el peligro, vas mirando por todos los recovecos que tu casco te permite ver, y tras una oscilación por la parte superior, ves justo una abertura en el techo de la galería, lo malo es que estás justo en el centro del lago, y es un pozo totalmente aéreo, resulta imposible acceder a esa galería superior.
Pero parece algo extraño, es como si ya hubieras vivido este momento, como si ya supieses lo que te iba a pasar. Tras una deliberación con tu mente sale a la luz la conclusión más evidente, no la más evidente, sino la verdadera conclusión. ¡Está claro de que es el mismo lago de cuando la caída, aquella que supuso el estado más crítico de la expedición, aquella caída que casi acaba con tu vida!, la situación es más alarmante que nunca, has estado dando una vuelta tremenda en la sima, una pérdida de fuerzas muy grande para llegar hasta ese punto de la cavidad, es una verdadera lástima, incluso perdiste mucho material para escapar de ese aterrador lago.
Como de costumbre, siempre está el lado bueno, sabes donde está la salida de ese maldito lago y sabes cuáles son muchos de los caminos de la sima. Tras seguir nadando en estado crítico, llegas al lugar del salto heroico, aquel impulso que exigía mucha responsabilidad, un brinco que tenía la característica de producir la esperanza en tus ojos, pues afianzaba el salvarte del infierno acuoso. Pues la sensación es prácticamente la misma, pero ahora la esperanza ha decaído un poco más que aquella vez, pero hay que secarse cuanto antes y no queda mucho para pensar en el próximo destino.
Ahora toca la película de acción, pero como ya te conoces el terreno, la dificultad sería sobrepasada con éxito, pero el brazo… ¡Dichoso brazo! ¡Cualquiera salta en estas condiciones! Hay que intentarlo, el salto promete emoción.
Tras conseguirlo, dejándote el rostro en la piedra, pulverizándote el miembro herido, contusionando tobillos, desintegrándote el resto de las piernas, desmenuzando el pecho, quebrando costillas, machacando la muñeca derecha, forzando espalda y produciendo magulladuras corporales, te medio levantas, te sientas, te resientes y echas la cabeza hacia atrás, llorando y golpeando la parte trasera del casco con la pared. En ese momento la luz de tu casco cesa y una oscuridad inunda, no sólo la realidad, sino tu corazón y toda tu existencia, la enajenación mental produce un deseo moribundo.
El estado es acogedor en relación a la muerte y una paz interior recae sobre tu cuerpo a consecuencia del cansancio de otra dura jornada más. |
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